El pueblo que se convirtió en ciudad: Jacó, contado por el
hombre que lo gobernó dos veces
Marvin Elizondo llegó a Jacó en 1977
para un trabajo de dos semanas y nunca se fue. Cuatro décadas después, como
exalcalde de Garabito durante dos períodos, reconstruye el salto de un pueblo
pesquero con caminos de lastre a uno de los principales centros inmobiliarios
de Costa Rica, y señala los asuntos pendientes que dejó el crecimiento.
Por Marvin
Elizondo, exalcalde de Garabito
En 1977, Marvin Elizondo llegó a
Jacó para realizar un trabajo de dos semanas. Cuatro décadas después, su
relación con el lugar abarca negocios, política municipal y buena parte de la
transformación que experimentó la comunidad.
El verdadero cambio estructural,
sin embargo, llegó con el nuevo milenio. Alrededor del año 2000, el empresario
Bill Royster se enamoró de la costa de Herradura durante un viaje, compró
terrenos y puso en marcha lo que se convertiría en el proyecto Los Sueños.
«Marcó un antes y un después no solo para Jacó y Herradura, sino para todo el
cantón», resume Elizondo. La llegada de la marina y del hotel Herradura
Marriott atrajo a su vez a otros inversionistas.
Uno de los nombres que Elizondo
mencionó fue el del desarrollador Pat Hundley, uno de los primeros en construir
proyectos de condominios en Jacó y quien, mediante su labor filantrópica, ayudó
a crear la Policía Municipal, además de impulsar otras iniciativas que
contribuyeron de manera importante al desarrollo de Jacó y sus alrededores. Una
de las historias que cuenta con evidente satisfacción es la de la primera
unidad de bomberos de Jacó, que logró salvarse, a último momento, de ser
reasignada a Parrita.
Para entonces, Elizondo ya no era
solamente un testigo del cambio, sino uno de sus impulsores: primero como
empresario y, posteriormente, desde 2006, como miembro del concejo municipal y
alcalde. Su salto a la política, dice, no nació de una ambición largamente
calculada, sino de una escena concreta: un domingo, mientras veía pasar por las
montañas de basura acumuladas en la avenida principal a grupos de turistas
canadienses en recorridos por la ciudad, se preguntó cómo era posible
mostrarles aquello a visitantes procedentes de «un país tan limpio y ordenado».
Fue entonces, como él mismo lo describe, cuando «le picó el gusanillo».
Durante sus años en la
municipalidad, Elizondo describe una serie de cambios y obras que acompañaron
la transformación de Jacó. La expansión de las agencias inmobiliarias y el
resurgimiento de la actividad económica fueron parte de ese proceso, al igual
que las discusiones sobre el abastecimiento de agua y la capacidad de la
infraestructura para sostener el crecimiento.
La seguridad también se convirtió
en un asunto central. Elizondo recuerda el aumento de los problemas relacionados
con el crimen y el consumo de drogas y vincula parte de la respuesta municipal
con la creación de la Policía Municipal y la instalación de cámaras de
seguridad.
Pero, en su relato, el crecimiento
también dejó asuntos pendientes. Entre ellos menciona el plan de alcantarillado
y el proyecto del bulevar, dos iniciativas vinculadas con la necesidad de que
la infraestructura acompañara el desarrollo de la ciudad.
La transformación de Jacó tampoco
ocurrió únicamente en el terreno de la construcción y los negocios. Elizondo
recuerda el papel de la cultura y el deporte en la identidad de la comunidad,
incluidos los eventos de surf de 2009, que ayudaron a proyectar a Jacó más allá
de sus límites inmediatos.
El relato de Marvin Elizondo no es
el de un crítico externo, sino el de alguien que ayudó a construir buena parte
de lo que hoy celebra y también de aquello que ahora cuestiona. Su conclusión,
más que un balance cerrado, se lee como un llamado: a un desarrollo que sea
verdaderamente un esfuerzo conjunto entre los sectores público y privado, y a
una comunidad que, comenzando por sus propios barrios, deje de depender
exclusivamente de la municipalidad o de la policía para cuidar lo que él
todavía considera un lugar privilegiado dentro de Costa Rica.
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